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Desigualdades territoriales, desigualdades al cuidar

No se cuida igual cuando los servicios como las escuelas públicas de educación básica están cerca de casa o de nuestro trabajo.

No se cuida igual en donde basta caminar un par de kilómetros para encontrar un espacio verde, seguro, abierto para mirar el cielo y que invite a moverse. Un espacio en donde las personas, sin importar su militancia política, apariencia, clase social, edad o identidad de género puedan estar y sentirse seguras. 

Como personas cuidadoras, no cuidamos igual cuando la farmacia está a la vuelta de la esquina o tenemos la posibilidad de hacer pedidos a domicilio porque nuestra economía nos da para eso y nuestros conocimientos tecnológicos nos abren posibilidades para ahorrar tiempo. Ese tiempo ahorrado que, a su vez, nos dejará un espacio para el autocuidado. 

El autocuidado de la persona cuidadora es tan diverso como nuestra forma de ser y de habitar una ciudad como esta, la Ciudad de México en la que hay al menos 3 millones de personas que requieren cuidados, según Evalúa CDMX, (2024). 

En general, los cuidados y nuestra forma de vivirlos no van a encajar siempre en la narrativa hegemónica del gobierno capitalino. Aquí en la CDMX, el acceso a las infraestructuras y servicios que nos posibilitan cuidar para tener una buena calidad de vida es tan desigual como el territorio que se ha urbanizado sin reglas claras, por facultades limitadas en las alcaldías y con muchos pactos corruptos entre actores políticos. 

En la XVI Conferencia Regional de la Mujer de la CEPAL, entre colegas hablamos desde nuestras experiencias comunitarias, académicas, profesionales y activistas sobre la Sociedad del Cuidado. En lo que concierne al territorio, poco se discutió en los foros alternos acerca de cómo los modelos económicos que impulsan la sobre-explotación de los recursos naturales, la indolencia de los consorcios inmobiliarios y sus alianzas con políticos de muy mala reputación han subordinado las exigencias ciudadanas sobre la calidad y acceso a los servicios e infraestructuras para cuidar a un tema de asistencialismo estatal. 

El cuidado, -repetimos en coro en cada foro feminista-, es un bien público por la riqueza directa e indirecta que genera. 27% del PIB nacional, para empezar. Pero no es un eje de política pública, mucho menos de la planeación urbana. Ni siquiera ha tenido una problematización robusta desde las instituciones públicas para  detectar necesidades diferenciadas de servicios de proximidad en 16 alcaldías y tomar decisiones tan terrenales y prácticas como establecer fondos para las medidas de mitigación ambiental y social, tanto por los impactos del desarrollo inmobiliario privado, como de la construcción de viviendas, segundos pisos y UTOPIAs del gobierno de la Ciudad de México.  

Por ahora es claro que el territorio de la Ciudad de México es expresión de las desigualdades para cuidar. Donde no hay cercanía a los servicios públicos básicos, la jornada de los cuidados se triplica porque se suman viajes fragmentados de un lugar a otro que cuestan casi el 45% del salario diario. En donde no hay un transporte eficiente y articulado, la movilidad para cuidar es una tortura y nos consume la vida. En donde se carece de servicios públicos para el cuidado hay un hogar, una familia y una comunidad que está asumiendo lo que debería proveer el Estado. 

Por ejemplo, la oferta pública de servicios de cuidados en un ciclo escolar de tiempo completo para infancias de 0 a 5 años en la Ciudad de México es de 91,345 y la demanda es de 592,093 lugares en los centros de este tipo.  ¿Qué ocurre con las infancias que no tienen lugar en el sistema público?  Un 70% se queda a cargo de sus madres sin empleo, un 24% bajo el cuidado de los abuelos o abuelas, un 6 % son cuidados por sus madres o padres con empleo. Dentro de la Ciudad de México, algunas alcaldías tienen una mayor demanda de servicios del sistema público para infancias de 0 a 5 años. En Milpa Alta el sistema público tiene solo un 2.9% de cobertura para infancias de 0 a 2 años, mientras que Benito Juárez tiene una cobertura de 29.6%. Para el caso de infancias de 3 a 5 años, las diferencias se revierten, ya que Milpa Alta tiene una cobertura del 58% y Benito Juárez del 39%. Son desigualdades territoriales que poco a poco vamos conociendo con detalle.



La capacidad de diseñar indicadores de segregación socio-espacial que nos permitan visualizar las desigualdades territoriales del cuidado en términos de cobertura y acceso, es indispensable para una planeación urbana que nos guíe hacia una mejor distribución del suelo dotado con infraestructura de cuidados. Los indicadores urbanos del cuidado también nos ayudan a ubicar el suelo que provee servicios ambientales como áreas verdes y reservas naturales o a formular la proyección del transporte público para disminuir las distancias y tiempos de traslado que se necesitan para economizar el cuidado. 

Al mismo tiempo, esa planeación urbana debe incluir un horizonte de bienestar económico y social, lo cual implica distribuir de otra manera las cargas de impuestos para quienes están modificando con mayor impacto el territorio. La oferta de servicios públicos para los cuidados no puede sostenerse con discursos, pero sí puede sostenerse con sistemas tributarios justos. 

Una mejor infraestructura y servicios de calidad en alcaldías poco atendidas para poblaciones específicas como las infancias de 0 a 5 años, puede sostenerse si existen capacidades institucionales para una recaudación y aplicación efectiva de las contribuciones por predial en las alcaldías mejor dotadas o por pagos de derechos que los desarrolladores inmobiliarios tienen que realizar para hacer sus grandes proyectos. Las desigualdades territoriales para cuidar pueden ser abordadas desde un paradigma social de la planeación urbana. 



 


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